Kanye West regresó a México después de 17 años y convirtió la Plaza México en algo más que un concierto: fue una experiencia ritual. Sin pantallas gigantes ni producción excesiva, Ye apostó por un escenario blanco y minimalista donde la música lo fue todo.
Frente a más de 40 mil personas, repasó su historia con temas como Heartless, Runaway, Stronger y Ghost Town, en una noche cargada de simbolismo. Uno de los momentos más potentes fue la aparición de su hija North West, debutando ante el público mexa.
Sin discursos y sin despedida y a su más puro estilo, Ye cerró el show caminando en silencio. México no presenció un espectáculo tradicional: vivió una ceremonia musical.

